
Vista de París, con la Torre Eiffel, desde el Arco de Triunfo.





















Nos habíamos quedado en la hora de la siesta del segundo día de congreso. Y como ya os adelantaba, después de un día y medio asistiendo a diferentes presentaciones, decidí que era el momento de hacer algo de turismo. Mi intención era visitar el Aquileion, palacio de verano de la emperatriz Elisabeth de Austria (Sisi emperatriz), y hacer un buen montón de fotos para llevárselas a mi mujercita, que le encanta este personaje.
Llegamos al Aquileion, después de subir por una empinada carretera y nos encontramos sobre una colina, frente a un hermoso palacio neoclásico construido en mármol blanco, y rodeado de enormes mimosas y cipreses. En el interior del edificio pueden visitarse un par de salones, la habitación de la emperatriz, y una colección de fotos y objetos personales de la familia imperial. A lo largo del lado oeste del edificio, un camino sube entre huertos hasta llegar a los jardines de la parte trasera, orientada hacia el norte.
Los jardines, se sitúan sobre una plataforma con una camino central y pasajes laterales de estilo romántico. Antes de llegar a la estatua que preside el jardín, pasamos por delante de una enorme palmera cica con varios brazos. A los pies de la estatua podemos disfrutar de unas espectaculares vistas de la ciudad de Corfú y de la costa este de la isla.
Volviendo hacia el sur, nos dirigimos de nuevo hacia el edificio, para llegar a la parte trasera del mismo. Subiendo por unas escalinatas llegamos a una nueva terraza, en la que nos encontramos con una impresionante estatua del guerrero Aquiles, herido por la flecha de Paris. La estatua es espectacular, por los detalles de la anatomía y el gesto desencajado del guerrero. Subiendo un nuevo tramo de escaleras, ya junto al edificio, encontramos a las nueve musas en una nueva terraza rodeada de enormes árboles. Por la ladera este baja una estrecha escalera, rodeada de vegetación, y flanqueada por estatuas que lleva de nuevo a la parte delantera del edificio.
Acabada la visita del palacio, volvimos a la carretera, para dirigirnos a Kerkyra, la capital de la isla. A la llegada, un largo paseo marítimo nos lleva hasta la antigua fortaleza, de origen bizantino, mientras se puede disfrutar de unas bellas vistas de la pequeña bahía de la ciudad, y de la costa griega a escasos kilómetros de la isla. Debido a la hora no pudimos visitar la fortaleza, así que decidimos adentrarnos en el barrio antiguo de Kerkyra, que es además el centro turístico y comercial de la ciudad.
En el extremo opuesto de la parte antigua puede verse, casi desde cualquiera de sus calles, la enorme mole de piedra, con muros de varias decenas de metros de altura, que protegen la fortaleza veneciana. Aunque, de nuevo, no pudimos visitar la fortaleza, pues ya había cerrado al público, si que pudimos disfrutar del atardecer y de las vistas de la zona norte de la isla, y de la costa continental, que se adentra ya en Albania.

Como el hotel está construido en forma de terrazas, hay varias plataformas desde las que hay una buena vista del mar, y del propio edificio. Las piscinas, situadas en el borde de cada terraza, y rodeadas de pequeñas edificaciones de aspecto mediterráneo, me hacían tener la sensación haberme colado en un poster de agencia de viajes. Así pasé un rato, hasta que la luz empezó a perder esa magia que sólo tiene durante la salida y la puesta del sol. 


Tras un merecido desayuno (digo yo que después de haberme levantado a las 6 ¡bien me merecía un desayuno!), recogí los bártulos fotográficos, y me enfundé de nuevo la mochila y la chapita de congresista despistado, para irme a la sala de conferencias, y pasar el resto de la mañana asistiendo a las diferentes sesiones.

Lo primero que llama la atención es una capilla que hay a la puerta del hotel. No se si es de verdad, pero lo cierto es que da el pego. El hotel está situado sobre el mar en la ladera de un monte. La isla es una franja alargada de tierra frente a la costa norte de Grecia, y la montaña sale con una pendiente considerable desde el agua, así que la vista desde la planta principal del hotel es espectacular. Lo cierto es que las fotos no le hacen justicia, pero el tiempo estaba bastante brumoso. Aproveché que el sol no estaba aún muy alto, y me di una vuelta por los jardines del hotel con la cámara.


El periplo a Corfú empieza bastante antes de subirme al avión. Allá por mayo, se me metió en la cabeza que tenía que mandar un artículo a un congreso que vi anunciado, porque iban a presentar ponencias invitadas dos eminencias del cálculo numérico. C. Boor, importante figura en la aproximación de funciones, y autor de uno de los libros con los que yo estudié en primero; y W. C. Gear, padre de unos cuántos métodos numéricos que espero usar en mi tesis. Así que, sin pensar demasiado en la logística, convencí a mi costilla y colega pofesioná, y nos pusimos manos a la obra. Entonces no sabía que se iba a convertir en una carrera de obstáculos.
Pero lo peor fue cuando empecé a buscar billete de avión. Imposible llegar a la isla en esas fechas. Corfú es una isla pequeña, destino turístico de multitud gambas británicas y alemanas, pero con pocos vuelos fuera de esos países, y para colmo, el primer día del congreso había elecciones presidenciales en Grecia. Las opciones eran pocas, con combinaciones que me obligaban a pasar tres o cuatro días dando tumbos por los aeropuertos de media Europa. Y encima con precios por encima de los 2000€.
Después de pasarme tooodo el mes de agosto buscando vuelo, la última semana, miro en la página de Aegean y me encuentro con ¡¡UNA plaza!!
